EL FICHERO DEL COMANDANTE
EL FICHERO DEL COMANDANTE
Novela testimonial, afilada, irónica, erosiva, sin perder hilo ni la tolerancia personal.
PEDRO MORALES MOYA
PRELUDIO
Una interpretación errónea de algo que dije al catedrático e historiador Antonio Rivera y a su equipo de colaboradores, dio pie a una “Introducción” histriónica publicada en su obra (“Dictadura y desarrollismo. El franquismo en Álava”), donde me concede un protagonismo nunca por mí merecido.
Fui, invitado por un amigo común, dispuesto a dar mi opinión sobre algunos acontecimientos surgidos en Álava durante la dictadura franquista, en los años del nacional catolicismo, sin pretender en modo alguno valorarlos; se trataba de una mera descripción referida a los sectores influyentes en el territorio alavés, expuestos desde un punto de vista razonado pero siempre discutibles.
Lo digo desde la más sincera modestia: estaba habituado a publicar en la prensa diaria, variados y críticos comentarios referidos al ejercicio del poder local en la fase hegemónica del nacional-catolicismo. Nunca cambié de estilo en la forma, ni de contenido en el fondo. Tampoco fui rebatido y tan sólo me pudieron llevar una vez al Juzgado por aludir a sucesos que rara vez se tomaban por injuriosos por quienes se sentían afectados; sufrí un solo proceso judicial del que salí absuelto. Otros colaboradores no se detenían en estos casos, a los que solía yo sacarles punta, ni a citarlos siquiera. No era este proceder mío el propio de un comentarista “avispado”; más bien estaba, al contrario, dispuesto a profundizar en un estilo de vida que rozaba la corrupción. Por tanto, tampoco importaba para juzgar estas situaciones eso que Antonio Rivera llama, en su libro la “cotidianeidad”; no era yo un testigo “coetáneo” improvisador de relatos ni dado a profundizar en el tema como un “avispado” al que tomar por un conejillo de Indias.
El golpe en falso -según mi criterio- que me dio el respetable historiador Antonio Rivera, sobrepasa la discreción: lo que yo solía escribir nunca pisaba el terreno prohibido por el macho alfa de turno. Mi colaboración quería prestarla de buena fe al historiador, dentro de un entorno vivido por mí con amplitud de miras. Y respondía a un deseo de cederle datos para él inéditos.
Lo correcto, en este caso de información tardía, era tomar nota y disponer de lo expuesto, si así le conviniere al receptor, o eludirlos, en caso contrario, sin mencionar ni entrar en juicios sobre lo aportado, muchos menos si se vale de mensajeros para completar su obra.
Las disquisiciones sobre los criterios del consultado -en ese caso un servidor- sometido a un interrogatorio condicionado por un esquema previo, al que siempre dio respuestas personales, no son de recibo; no me sentía merecedor de los párrafos referidos a mi persona, sin olvidar el que transcribo: “El viejo y avispado periodista llamado por nosotros a la conversación precisamente para chequear nuestros descubrimientos y conclusiones, entendía que el franquismo en Álava -y no suponía que fuera distinto en otros sitios- se caracterizó por su falta de lógica”.
¡Qué hermosura! Estaba sometido, como un conejillo de laboratorio, a un examen o prueba experimental. Me califican con un adjetivo curioso a la par que irónico; me toman por “avispado” y yo, incauto de mí, estaba desempeñando el papel de un pardillo.
No es mi estilo emitir juicios sobre persona alguna. Estoy contando hechos. Si evito las alusiones personales, es por pura lógica; y me duele que conmigo no se guarden las formas de corrección propias de una charla en privado, pues si algo me caracteriza -también entonces- es todo, lo contrario: suelo hablar de hechos y respeto a las personas aunque me contraríen. Sobran los adjetivos.
Volvamos al meollo del tema: A Franco se le pueden cargar muchos defectos, pero nunca una falta de lógica. Además, quien -como es mi caso- había vivido en tres ciudades sin cumplir los veintidós años, estaba advertido -en el más amplio sentido del término- sobre la lógica franquista que era impositiva y aplastante: aplicada en distintos escenarios sobre la misma base, estaba vulgarizada y en cada provincia tenían su copia. Respondía a las demandas de un jerarca deseoso de perdurar como Caudillo, con plenos poderes, sin que nadie lo dudara.
Por eso, ese Caudillo, en cada provincia nombraba para los cargos elegidos a personas de su confianza, no a líderes políticos; se fiaba, con toda cautela, de los más fieles intérpretes de sus deseos, de sus órdenes, de sus leyes, aunque no destacaran por otras virtudes. El Gobernador Civil de cada parcela provincial se rodeaba, como buen sub-caudillo y buen “poncio”, del equipo garante del orden público como esencial cooperador, comprometido con una realidad: que no se moviera una mosca si no bajo su control y cuando se encendiera la luz verde. Cada provincia, con su particular historia, respondía al mismo control político, totalitario, disciplinado, sellado con una demostrada, firme e inquebrantable adhesión, una lealtad indeleble. Pura lógica
Así estaba la España recién salida de la guerra civil y así continuó durante años, hasta cumplir un largo período; más o menos hasta que el jerarca máximo vio tocada su salud por una enfermedad larga y degenerativa, fase final y revuelta la del “tardo franquismo”, precedida por otras cuatro paradas, cuatro estaciones donde cambiaba de tren, según las circunstancias de cada momento histórico.
Muerto el Dictador, acabado el caudillaje, el cambio llegó por partes. Y cada provincia, región, nacionalidad o territorio histórico se descentralizó, en lo que se refiere a su libertad político partidista. Nunca se rompió del todo el esquema pero nadie pudo evitar la aparición, en alguna medida, de las Españas post-franquistas. Y lo hicieron, al fin, en virtud de una inercia que bien se merece un estudio aparte para valorar la Transición.
Comentarios
Publicar un comentario